LA DISTANCIA ENTRE SABER Y VIVIR

Aquello que comprendemos y todavía no conseguimos hacer

Hace unos días llegó nuevamente el frío y fui a buscar un sweater rojo que me gusta mucho. Hacía varios meses que no lo usaba y, cuando intenté ponérmelo, descubrí que me quedaba chico.

La verdad es que no fue una sorpresa. Y quizá eso haya sido precisamente lo que más me incomodó.

Conozco perfectamente la importancia que tiene el sobrepeso en mi vida. Sé cuáles son sus consecuencias y también aquello que debería hacer para controlarlo. Periódicamente comienzo alguna dieta, intento ordenar mis comidas o aumentar la actividad física. Durante un tiempo lo consigo. Después, lentamente, vuelvo a abandonar algunas de esas conductas y termino nuevamente en un lugar que conozco demasiado bien.

No se trata de falta de información ni de conciencia del problema.

Y mientras intentaba acomodarme aquel sweater frente al espejo apareció una pregunta mucho más amplia que mi dificultad para controlar el peso. ¿Cuántas cosas sabemos perfectamente y, sin embargo, no conseguimos incorporar a nuestra vida?

Sabemos que el tiempo es limitado y aun así dejamos pasar meses sin visitar a una persona que queremos. Sabemos que realizar actividad física mejora nuestra salud, pero encontramos infinitas razones para postergarla. Sabemos que deberíamos ahorrar una parte de nuestros ingresos y volvemos a gastar más de lo necesario. Reconocemos determinadas conductas que nos hacen daño y, sin embargo, algunas veces volvemos a repetirlas. Incluso podemos aconsejar correctamente a otra persona aquello que nosotros mismos somos incapaces de hacer. La lista podría ser interminable.

Y quizá allí aparezca una de las contradicciones más interesantes de nuestra condición: comprender no significa necesariamente poder vivir de acuerdo con aquello que comprendemos.

Durante mucho tiempo tendemos a imaginar que el conocimiento produce naturalmente una transformación. Si alguien comprende que una conducta le hace daño, debería abandonarla. Si descubre qué le hace bien, debería acercarse a ello. Si sabe cuál es el camino adecuado, simplemente debería recorrerlo.

Pero la experiencia demuestra algo bastante diferente.

Entre saber y hacer existe un territorio mucho más complejo de lo que suponemos.

Los antiguos griegos ya habían advertido el problema. Aristóteles reflexionó sobre la akrasia, esa extraña debilidad de la voluntad que permite que una persona actúe contra aquello que ella misma considera mejor. No se trata necesariamente de ignorancia. Precisamente allí reside la paradoja: podemos conocer el bien y elegir otra cosa.

Tal vez porque nunca decidimos solamente con nuestra inteligencia.

Tenemos un cuerpo, hábitos, necesidades, deseos, miedos, placeres, recuerdos y mecanismos que fuimos construyendo durante años. Algunas conductas nos ofrecen una satisfacción inmediata mientras sus consecuencias permanecen lejos. Otras exigen un esfuerzo presente para obtener un beneficio que solamente podremos comprobar en el futuro.

El sweater estaba ahí. La consecuencia era visible. Pero las pequeñas decisiones que me habían llevado hasta ese momento habían ocurrido mucho antes y de manera casi imperceptible.

Ninguna parecía demasiado importante por separado. Una comida de más. Una caminata postergada. Una semana sin actividad física. Después otra.  Y ese mecanismo tan humano mediante el cual conseguimos negociar con nosotros mismos aquello que sabemos que deberíamos hacer.

         Pequeños actos repetidos que, casi sin advertirlo, terminan construyendo una dirección.

Ocurre con nuestra salud, con las amistades y con nuestras oportunidades. No siempre abandonamos conscientemente aquello que nos importa. Algunas veces simplemente dejamos de encontrarle un lugar en nuestra vida cotidiana. Incluso ciertas conductas que reconocemos como destructivas pueden permanecer durante años porque cada episodio aislado parece soportable. Solo cuando observamos el recorrido completo comprendemos la dirección que estábamos tomando.

Y esto nos lleva a una conclusión incómoda. Nuestra vida no está determinada únicamente por aquello que sabemos, sino también por lo que elegimos y mantenemos a través de la repetición.

Podemos poseer una enorme lucidez sobre nosotros mismos y continuar viviendo de una manera contradictoria con ella.

La filosofía puede ayudarnos a comprender. La psicología puede permitirnos reconocer algunos mecanismos. La experiencia puede mostrarnos las consecuencias. Pero llega un punto en el que ninguna explicación puede reemplazar una decisión.

Y ni siquiera una decisión alcanza siempre. Porque decidir una vez suele ser relativamente sencillo. Lo verdaderamente difícil es sostener esa decisión cuando desaparece el entusiasmo que la produjo.

Hay algo fascinante en nuestra relación con el futuro. Somos perfectamente capaces de comprender intelectualmente que dentro de diez años seremos la misma persona que deberá vivir las consecuencias de nuestras elecciones de hoy. Y, sin embargo, muchas veces tratamos a ese hombre o esa mujer futura como si fuera un desconocido.

Le dejamos nuestras deudas, nuestros problemas y muchas de las consecuencias de aquello que hoy preferimos no resolver. Como si existiera una parte de nosotros que se negara a crecer y siguiera confiando en que alguien, más adelante, se hará cargo de aquello que dejamos pendiente. Solo que ese alguien también seremos nosotros.

Es posible que parte de la madurez consista precisamente en comprender que el futuro no está desconectado del presente: empieza a construirse con aquello que hacemos hoy. Y existe una frase particularmente peligrosa que lo refleja: Mañana empiezo.

Una frase que nos permite sentir durante unas horas que ya hemos tomado una decisión, aunque todavía no hayamos hecho nada. Y allí vuelve a aparecer la distancia entre saber, hacer y sostener. El conocimiento puede mostrarnos una dirección. La decisión puede hacernos dar el primer paso. Pero solamente la repetición consigue transformar ese movimiento en una forma de vida.

Quizá por eso algunas de las cosas más importantes que podemos aprender sobre nosotros mismos no tengan que ver con aquello que desconocemos, sino con aquellas verdades que conocemos desde hace años y seguimos sin conseguir vivir.

Aquella mañana guardé nuevamente el sweater. No había descubierto nada que no supiera antes.

Quizá ese fuera precisamente el problema.

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