
Casi todos los días intento compartir algo en mis redes. A veces es una poesía nueva, un ensayo o un fragmento de mis libros. Otras veces, un aforismo o una de esas citas que me acompañan y que siempre me invitan a pensar y escribir unas líneas. Elegir qué publicar también es una forma de detenerme. Y entre todo ese universo de letras, suelo descubrir alguna pregunta que merece un poco más de tiempo.
Hace unos días leí una frase que me gustó mucho: «Cuanto más estudia un hombre, más sencillo se vuelve, porque al estudiar descubre la inmensidad de su propia ignorancia». Debajo decía Aristóteles. Nada más.
Pensé en compartirla. Pero antes quise saber dónde la había escrito. Citar una idea ajena supone algo más que colocar un nombre al pie. También implica dejar un camino para que el lector pueda llegar al texto original, conocer su contexto y, si lo desea, discutir nuestra interpretación.
Busqué la obra, el capítulo, alguna referencia que permitiera encontrar esas palabras. La frase aparecía repetida en distintos lugares, siempre acompañada por la misma firma. No encontré una fuente textual que respaldara la atribución.
El pasaje auténtico más cercano está en la Metafísica, libro I, capítulo 2, 982b. Según la traducción reproducida en textos.info, Aristóteles dice: «Ir en busca de una explicación y admirarse, es reconocer que se ignora».
Hay cierta similitud, pero también diferencias. En ese pasaje, el asombro nos enfrenta con algo que desconocemos y nos impulsa a buscar una explicación. La frase que circula agrega otra idea: que estudiar nos vuelve más sencillos porque nos permite reconocer la magnitud de nuestra ignorancia.
No podía atribuirle esas palabras.
La facilidad con que una frase encuentra un autor prestigioso debería preocuparnos. A mí me había gustado antes de comprobarla. El nombre de Aristóteles parecía darle una autoridad que estaba dispuesto a aceptar. Buscar su origen me obligó a revisar también esa disposición. Admirar a alguien exige respetar sus palabras, sobre todo cuando las que le atribuyen expresan algo que nos gustaría escuchar.
Sin embargo, lo que me llevó a escribir estas líneas fue lo que quedó después de esa búsqueda. Había perdido una cita y ganado una pregunta. ¿Qué relación existe entre aprender, conocernos y volvernos más humildes?
Siempre sentí que aprender era algo esencial. Lo necesitaba para trabajar, para comprender lo que ocurría a mi alrededor, para encontrar mejores oportunidades y para construir una vida que pudiera reconocer como propia. También había un deseo menos práctico, una inquietud casi invisible, que ninguna respuesta conseguía apagar del todo. Saber algo me acercaba a una identidad que todavía desconocía.
Mi vida tuvo circunstancias que favorecieron ese recorrido. Nací en una familia que me dio afecto, cuidados y contención. No sufrí privaciones que dificultaran mi desarrollo y pude estudiar sin tener que trabajar al mismo tiempo. Más adelante, mis trabajos me exigieron seguir leyendo, preguntar, revisar lo que creía conocer.
Nada de eso dependió exclusivamente de mi voluntad. Hubo condiciones que recibí antes de poder elegirlas. Reconocerlas me parece necesario, sobre todo cuando miro a quienes tuvieron que hacer esfuerzos mucho mayores para alcanzar oportunidades.
Tampoco me casé ni tuve hijos. No construí ese núcleo cotidiano de afectos y responsabilidades que había imaginado para mi vida. Esa ausencia tuvo un peso que el tiempo disponible no podía compensar. Pero dejó horas que pude dedicar al estudio, a la reflexión y, después, a la escritura.
La vida fue tomando esa forma. Como tantas otras cosas, me dio y me quitó.
El aprendizaje es un proceso transversal. Ocurre en cualquier ámbito: criando hijos, sosteniendo una casa, trabajando con las manos o acompañando a alguien que necesita ayuda. Hay conocimientos que ningún libro puede ofrecer. En mi caso, ese tiempo disponible me permitió detenerme en lo vivido, escuchar las preguntas que dejaba flotando y volver sobre experiencias cuyo sentido no había comprendido mientras ocurrían.
Después de los cincuenta años, ese movimiento se aceleró.
Empecé a sentir con mayor claridad mi historicidad. Al mirar hacia atrás, encuentro décadas; hacia adelante, un tiempo que probablemente sea menor. Hasta entonces siempre había contado con un después para muchas cosas. Pasados los cincuenta, ese después empezó a exigirme fechas. Había libros por leer, decisiones pendientes y palabras que podían quedarse para siempre sin ser dichas ni escritas.
Esa conciencia aumentó mis ganas de aprender. También mi necesidad de dejar algo de lo aprendido.
Cuanto más aprendo, mejor advierto el lugar que ocupo. Comprendo algunas cosas con mayor profundidad y reconozco dificultades que antes ni siquiera veía. Lo que parecía sencillo revela relaciones, matices y preguntas nuevas. Supongo que seguiré aprendiendo hasta mi último suspiro. Incluso entonces habrá muchas cosas que todavía no alcance a comprender.
Me gustaría creer que ese reconocimiento nos vuelve humildes. Pero el conocimiento también puede alimentar la vanidad. Podemos usarlo para escuchar mejor o para dejar de escuchar; para acercarnos a otros o para construir una distancia desde la cual sentirnos superiores. Haber estudiado mucho no nos protege de esa tentación.
La humildad requiere aceptar lo que el aprendizaje nos muestra sobre nosotros mismos. Somos limitados. Lo que sabemos ocupa una parte pequeña de aquello que podríamos conocer, y hasta esa parte necesita ser revisada. Salir unos centímetros de la ignorancia ya es una fortuna. A veces olvidamos cuánto recibimos para poder transitar esa distancia.
Agradezco haber podido estudiar y encontrar personas y libros que me ayudaron a pensar. También conservar la curiosidad. Escribir es una manera de responder a lo recibido: poner lo vivido y lo aprendido a disposición de quien encuentre allí algo que le sirva, lo conmueva o lo lleve a formular su propia pregunta.
Pienso en un manantial al que llegan aguas de distintos lugares. Ninguno de nosotros lo llena por sí solo. Podemos acercar una pequeña parte y dejarla disponible para quien tenga sed.
También sé que publicar expone otra necesidad. Uno quiere ser leído, valorado, reconocido. Yo también. Sería poco honesto escribir sobre la humildad y fingir que esas cosas no me importan.
Confiar en lo que uno puede transmitir ayuda a escribir y a publicar. Pero la inteligencia que permite comprender también puede encontrar argumentos para eludir una evidencia o defender una idea solamente porque lleva nuestra firma. Una objeción empieza entonces a sentirse como una amenaza. Allí donde reside una virtud puede crecer también su vicio: la capacidad de pensar se pone al servicio del ego.
Considero los dones personales una bendición, y haber podido cultivarlos aumenta mi responsabilidad sobre su uso. Guardarlos exclusivamente para mi beneficio dejaría algo pendiente. Cuando alguien encuentra en mis palabras un sentido que yo no había previsto, también tengo algo que aprender.
No sé si todos venimos al mundo con una misión definida. Yo reconozco una dirección en aquello que hago con mayor entrega, en lo que siento propio y en lo que puedo ofrecer. Cuando mis pensamientos y mis acciones se acercan a esa identidad, aparece una forma de felicidad que conozco cada vez mejor.
A los cincuenta y cinco años sigo teniendo problemas, dificultades y limitaciones. Hay ausencias que permanecen y cosas que no pude construir. Pero nunca aprendí tanto ni me sentí tan feliz.
Buscaba una frase para compartir y terminé revisando mi propia relación con el conocimiento.
Ahora estas palabras llevarán mi firma. También ellas tendrán que quedar abiertas a las preguntas de otros.
Siempre hay tiempo para aprender. Y además, el saber no ocupa lugar.
Asi es Nelso. No solo que el saber no ocupa lugar…los crea!!!
Me gusto esa idea de aprender durante toda la vida
Es asi Mabel. Mientras estemos vivos seguimos aprendiendo!!!
Genial reflexión! Muy buen análisis que te hace mirar hacia atrás y hacia adelante
Gracias Maru por dejar tu comentario.Esa es la idea, parar un instante para re pensar nuestra experiencia. Creo que el aprendizaje es casi un sinonimo de estar vivo.