
Bilbao se desperezaba bajo el sirimiri. Eduardo miraba con admiración aquellos paraguas que avanzaban por la Gran Vía con esa tozudez vasca que no cede ni siquiera ante el mal clima.
Con las fiestas navideñas cada vez más cerca, El Corte Inglés era su nuevo centro de operaciones. Había pasado la mañana entre perfumes, ropa de temporada y aparatos cuyas funciones necesitaban más explicaciones que su utilidad.
En el bolsillo llevaba una lista de regalos. Cada nombre tenía al lado un espacio en blanco.
A los cincuenta y ocho años empezaba a demorarse en decisiones que antes resolvía sin pensar demasiado. Sostenía unos auriculares mientras el vendedor le hablaba de la batería, de la supresión de sonidos y de una promoción que terminaba aquel día. Eduardo asentía por reflejo. No recordaba si su sobrino Franco todavía conservaba los viejos auriculares emparchados con cinta adhesiva.
—¿Son para usted?
—Son para regalar.
El vendedor sonrió y siguió explicando.
Eduardo recordó las fiestas de su infancia y a su abuela Dominga. Podía respirar el olor cítrico de su ropa y el de la leña encendida, pero no recordar un solo regalo que le hubiera comprado. Dejó los auriculares en su sitio. La comparación le pareció injusta y, aun así, no pudo desprenderse de ella.
Se preguntó qué estaba intentando entregar con aquellos presentes. También cuánto esperaba recibir a cambio.
Esa tarde volvió a su piso de la avenida Gaiarre sin haber comprado nada.
Sobre la mesa extendió la lista. Paula, la mayor, se había mudado hacía poco. Malena estudiaba algo que Eduardo siempre confundía con otra carrera. Sabía sus edades, recordaba sus cumpleaños y conservaba fotografías donde todavía eran chicos. Sin embargo, para elegir un regalo, tenía que pedir ayuda a sus hermanas.
Pensó que podía escribirles algo. Una lista de ideas que los acompañara cuando él ya no estuviera. Había aprendido algunas cosas; otras le habían costado lo suficiente como para merecer unas líneas que pudieran ayudar a ahorrar algún tiempo.
Buscó su libreta.
Después de escribir dos frases, las tachó. Sonaban a ese tipo de sentencias que uno agradece por educación y olvida antes de volver a casa.
Bajó al bar de Juan Carlos cuando empezaban a caer las persianas de los comercios. El local olía a frituras y a vino. Su amigo, un colombiano que llevaba treinta años en Bilbao, estaba contando monedas detrás de la barra.
—Necesito que me ayudes —dijo Eduardo.
Juan Carlos separó una moneda y la sostuvo bajo la luz.
—Otra vez esta moneda fallada. Me la dejan y yo vuelvo a darla.
La arrojó en un cajón.
Eduardo le explicó su idea de una lista para sus sobrinos. Juan Carlos escuchó mientras guardaba la recaudación.
—Quiero empezar con algo sobre la prudencia —dijo Eduardo—. Algo que deje en claro esa necesidad de pensar antes de actuar.
—Eso ya se lo habrán dicho.
—No siempre se aprende por escucharlo. Si queda escrito, se puede volver a leer.
—Se puede —respondió Juan Carlos.
Luego cerró la caja y le sirvió un rioja.
—¿Qué te habría servido a ti?
Eduardo movió el vaso sobre la barra.
—Equivocarme menos.
—¿En lo que hiciste o en lo que no hiciste?
Eduardo sonrió, distraído.
—Mi abuelo siempre hablaba de la parálisis por análisis.
—Bueno. Ya tienes una.
Abrió la libreta y anotó. Juan Carlos miró el movimiento de su birome.
—¿Vas a incluir también alguna equivocación tuya específica?
—No pensaba escribir unas memorias.
—Lástima. Eso sí me habría interesado —dijo Juan Carlos con una sonrisa cómplice.
Eduardo cerró la libreta. Al salir, todavía pensaba qué equivocación estaría dispuesto a contar.
Dos días después decidió visitar a Marta, en el Casco Viejo. Había dejado la abogacía para restaurar libros y todavía discutía con ellos como antes discutía con los jueces. Eduardo la encontró inclinada sobre un volumen abierto, retirando con un pincel el polvo de una costura.
—No lo toques —le dijo al verlo acercar la mano—. Parece firme, pero se desarma.
Eduardo se sentó. Cuando pudo encontrar un espacio en su silencio, le contó sobre su proyecto.
Marta siguió trabajando.
—¿Y ellos te piden consejos?
—No hace falta que pidan lo que uno puede dar.
Ella levantó la vista.
—Eso depende.
Eduardo miró las herramientas ordenadas sobre un paño.
—A mí me habría gustado recibir algunas advertencias.
—¿Y no las recibiste? Siempre me hablas de las lecciones de tu abuelo.
—Esas son palabras mayores. Pero me acuerdo cuando ya hice lo contrario. Por eso quiero dejarlas escritas.
—Igual también las vas a leer después de equivocarte.
Marta buscó otro pincel. Desde la trastienda sonó un teléfono y lo dejó sonar hasta que se apagó.
—¿No vas a atender?
—Debe ser un cliente que quiere este libro para mañana.
—¿Y?
—Es que no quiero discutir.
—¿No vas a llegar?
—Llegaría trabajando toda la noche. Ya le dije que no.
Eduardo volvió a mirar el volumen abierto.
—Un «no» a tiempo puede ser un «sí» en otro lugar.
Marta sonrió.
—Puede ser. Por ahora me permite cenar en casa.
Él anotó la frase. Después se quedó mirando la hoja, sin saber cuál de las dos respuestas conservar.
Durante varios días recorrió Bilbao con la libreta en el bolsillo. Recogía frases, las modificaba, borraba palabras. Algunas mejoraban al acortarlas. Otras perdían el sustento que las volvía verdaderas: la persona que las había dicho.
Una tarde recibió un mensaje de Paula. Le preguntaba si conocía a alguien que pudiera ayudarla a trasladar una mesa.
Eduardo estaba corrigiendo una idea sobre la importancia de no postergar lo esencial.
Respondió que iba a averiguar.
El sábado se encontró con Elvira en la Plaza Nueva. La maestra jubilada estaba sentada con una bolsa de compras entre los pies. Había enseñado a dos generaciones y seguía recordando los nombres de quienes la saludaban.
Eduardo le habló de la lista. Después le confesó que sentía cierta urgencia.
—Es que hay cosas que quizá tendría que haber dicho antes.
Elvira acomodó las manijas de la bolsa.
—¿A quién?
—A todos. A mis sobrinos, por ejemplo.
—¿Pero no los ves seguido?
—Justo ahora hace un par de días que no los veo. Pero en realidad no se trata de un problema de frecuencias.
—¿Y entonces de qué se trata?
—De intensidad y sintonía.
—No sabía que querías hacer música con la familia —dijo soltando una carcajada.
Eduardo sonrió apenas.
—Puedo verlos seguido y seguir sin saber qué les está pasando.
Elvira dejó de reír. Lo escuchó hasta que él abrió la libreta. Entonces se puso de pie.
—Acompañame hasta la esquina. Esto pesa más de lo que parece.
Eduardo guardó la libreta y tomó la bolsa. Caminaron despacio bajo los arcos. Al despedirse, ella le agradeció la ayuda.
Aquella noche volvió al bar de Juan Carlos. Quedaban dos clientes frente al televisor y su amigo limpiaba unas manchas del piso.
—Me falta el cierre —dijo Eduardo.
Juan Carlos apoyó la fregona contra la pared.
—¿De la lista?
Eduardo asintió.
—Algo para cuando no sepan qué camino tomar.
—¿Y tú lo sabes?
—No siempre.
—Pon eso entonces.
Eduardo lo miró con ironía.
—No sería muy útil.
—A mí me habría servido saber que tú tampoco tenías todas las respuestas.
Se despidieron y subió a su departamento. Encendió la lámpara y extendió todas sus anotaciones sobre la mesa. Había frases de su abuelo, palabras de Juan Carlos y de Marta, recuerdos que durante las caminatas habían vuelto con una claridad inesperada.
Escribió hasta pasada la medianoche.
Quitó las sentencias que le parecieron demasiado firmes. Dejó alguna duda. También contó una decisión que había demorado durante años y que, cuando por fin se atrevió a tomarla, ya no estaba disponible.
Al día siguiente compró los regalos. Eligió cosas sencillas y pidió que las envolvieran sin cintas. Dentro de cada paquete puso una copia de la lista.
Finalmente, la Navidad llegó. Y transcurrió como siempre entre conversaciones superpuestas, platos que iban y venían y fotografías donde siempre faltaba alguien. Sus sobrinos le agradecieron los regalos. Uno leyó las primeras líneas antes de doblar el papel; otro lo guardó junto con el paquete.
Eduardo esperó sin preguntar. La respuesta de Paula llegó dos días después.
«Gracias, tío. Es lindo lo que escribiste, pero no termino de entender para qué sirve».
Leyó el mensaje varias veces. Empezó a contestar que no todo tenía que servir para algo. Después escribió que ella lo comprendería con los años. Al final, borró las dos respuestas.
Sobre el escritorio estaba la copia que había conservado. La leyó hasta la mitad. Reconoció el esfuerzo de cada frase, el cuidado con que había buscado decir algo que mereciera permanecer. Se detuvo en la decisión que había postergado durante años.
Dejó las hojas sobre la mesa y volvió a la conversación con Paula.
Más arriba estaba el mensaje sobre la mudanza. Debajo, su promesa de averiguar.
La llamó.
—¿Pudiste llevar la mesa?
—Sí. Vinieron unos amigos.
—Ah.
Hubo un silencio breve.
—Me olvidé de preguntarte.
—No pasa nada, tío.
Eduardo miró la lista.
—¿Cómo quedó el departamento?
Paula empezó a contarle. La ventana del dormitorio no cerraba bien y todavía tenía cajas en el pasillo. Pero desde la ventana principal tenía una vista magnífica del Casco Viejo. La mesa había entrado con dificultad; después de desarmarla, les habían sobrado dos tornillos.
—Se mueve un poco —dijo ella—. Pero por lo menos ya no como en el suelo.
Eduardo le preguntó si podía pasar a conocer la casa el domingo.
Esa mañana guardó un destornillador en el bolsillo del abrigo. Al buscar las llaves encontró la primera lista, la de los regalos. Los espacios junto a los nombres seguían vacíos.
La dejó en el cajón.
Paula lo recibió descalza, con el pelo recogido y una taza en la mano. El departamento olía a café y a pintura reciente. Había una caja abierta junto a la puerta.
Eduardo se agachó debajo de la mesa. Encontró el agujero de uno de los tornillos y apretó los demás. Paula se sentó en el suelo para alcanzarle las herramientas.
—Nunca fuiste muy bueno arreglando estas cosas —dijo.
Eduardo probó otra vez la pata.
—Nunca, la verdad.
Cuando se incorporó, Paula ya estaba poniendo dos platos. Eduardo retiró las herramientas y las dejó sobre la caja.
La mesa se movió cuando apoyó el codo. Buscó el destornillador.
—Después, tío. Ahora tomemos el café. Ya habrá tiempo para arreglarla.
Eduardo dejó la herramienta sobre la caja y se sentó. Desde allí podía ver los tejados del Casco Viejo bajo la lluvia.
—Siempre pienso en lo que les va a quedar de mí cuando no esté —dijo.
Paula le acercó la taza.
—Bueno, eso nadie lo puede saber. Pero hoy te podés quedar un rato más.
Eduardo sonrió. Había pensado volver temprano a su casa para seguir escribiendo. Miró el café que todavía humeaba y a su sobrina sentada frente a él.
—Es verdad. Hoy no tengo apuro.