LAS MERCEDES: UN ADELANTO DE «EL BORRADOR DE LAS COSAS SIMPLES

Una antigua cremería abandonada. Un golpe metálico que el pueblo escucha cada madrugada. Y una semana en la que algo cambia. Comparto un adelanto de «Las Mercedes», cuento nacido de un lugar real de Montes de Oca e incluido en El borrador de las cosas simples, mi próximo libro, que dará continuidad al universo de El peso de las sombras.

Hay lugares que siguen formando parte de un pueblo mucho después de haber cerrado sus puertas. Sus edificios permanecen, cambian de aspecto y se llenan de historias que cada generación cuenta de otra manera.

Las Mercedes existe. Las fotografías que acompañan este adelanto fueron tomadas en la antigua cremería de Montes de Oca. A partir de ese lugar real nació un cuento en el que el abandono empieza a adquirir una presencia difícil de ignorar. Lo que ocurre entre sus paredes pertenece a la ficción.

El relato integra El borrador de las cosas simples, mi próximo libro de cuentos, que dará continuidad al universo de El peso de las sombras. Sus personajes habitan escenarios cotidianos: oficinas, consultorios, casas, bares y pueblos. Una omisión, una certeza o una decisión aparentemente menor puede alterar el rumbo de sus vidas. Algunos relatos permanecen dentro del realismo; otros se acercan a ese límite donde lo conocido deja de ofrecernos una explicación suficiente.

Comparto un pequeño adelanto.


«En la entrada del pueblo se alzaba el cadáver de cemento de «Las Mercedes».

Hacía cuarenta años que la cremería, orgullo exportador que alguna vez llevó el dulce de leche local hasta los anaqueles de Londres, había cerrado sus puertas.

Aquel abandono era la metáfora del pueblo: una promesa convertida en derrota.

El edificio era un laberinto de piletas de decantación vacías, subsuelos invadidos por el agua de napa y picos de hierro que asomaban de las vigas como dientes. Nadie se acercaba.

Las Mercedes estaba en venta desde antes de que Beatriz naciera, pero el cartel inmobiliario ya era parte del paisaje: tan ilegible como una lápida erosionada.

Sin embargo, Las Mercedes seguía latiendo. Desde hacía décadas, un sonido emergía de sus entrañas: un golpe metálico que ocurría todas las noches a las tres de la mañana.

Los menores de cuarenta años ni siquiera lo mencionaban; para ellos era como el ruido de los grillos o el viento en los cables de alta tensión: una pieza más del paisaje sonoro.

Los más viejos lo aceptaban con una resignación que rozaba la devoción, llamándolo «el latido de la cremería».

Se decía que mientras la fábrica respirara ese golpe, el pueblo seguiría en el mapa. Pero Beatriz, desde su habitación secreta, creía que aquella vibración era una señal, y la medía como una forma de presagio.

Esa semana el latido fue diferente.

El lunes el sonido no fue un golpe seco, sino una serie de tres pulsos que hicieron vibrar los cristales de la Cooperativa.

El martes el estruendo se prolongó durante diez segundos: una queja de metal contra metal que sonó a algo que intenta desatarse bajo tierra…».


Fragmento de «Las Mercedes», incluido en El borrador de las cosas simples.

Gabriel Bertino

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