MADRE: UN SINÓNIMO DE VIDA

Una frase de mi madre y las palabras de una amiga que acaba de ser mamá me llevaron a pensar en ese amor que transforma también la tranquilidad. Una reflexión sobre los cuidados que tardamos en reconocer, los deseos que esperaron y la oportunidad de acompañar a quien tantas veces estuvo para nosotros.

«Permitidme que hable de mí mismo; […] soy el hombre que tengo más a mano».

—Miguel de Unamuno

Mi escritura siempre parte de la propia experiencia. Y hoy, para hablar sobre las madres, tengo que empezar por la mía. En este terreno, las sensaciones anteceden a las ideas. Antes de intentar comprender la maternidad, recibí sus gestos, escuché sus palabras y fui creciendo entre cuidados cuyo alcance tardé muchos años en reconocer.

En una ocasión mi mamá me dijo que, desde el día en que se convirtió en madre, nunca había vuelto a sentir una tranquilidad completa. Siempre me quedó dando vueltas aquella confesión. Yo había pensado muchas veces en lo que una madre entrega, pero pocas en esa parte íntima de su descanso que empieza a depender de otra vida.

Hace poco, una amiga que acaba de ser mamá me habló de algo semejante. Creía que estaría preocupada por el resto de sus días. Al mismo tiempo, intentaba explicarme un amor que hasta entonces no había conocido. Entre sus palabras y las de mi madre había muchos años de distancia, pero una misma esencia.

Quizá una parte de la maternidad consista en eso: descubrir que alguien puede llevarse nuestra tranquilidad y dejar al mismo tiempo la llave de un nuevo amor.

Los hijos crecemos, cambiamos de casa, aprendemos a resolver problemas. Para una madre, sin embargo, nuestra autonomía no siempre alcanza como garantía. Podemos tener edad para cuidar a otros y seguir recibiendo las mismas ayudas de siempre.

En mi experiencia, el amor de mi madre es lo más cercano que conozco a la incondicionalidad. Con los años también empecé a advertir su costo. El tiempo dedicado a nosotros tuvo que salir de alguna parte. Hubo deseos que esperaron, cansancios que no supimos ver y preocupaciones que recién ahora puedo imaginar. Reconocer esa entrega me hace desear que sus propios proyectos también encuentren terreno fértil. A esta edad, pocas cosas me alegran tanto como verla feliz.

Cuando llegan los nietos, ese vínculo cambia de tarea. La madre acompaña a sus hijos mientras ellos aprenden a educar y, como abuela, descubre otra manera de estar cerca de quien crece.

Puede detenerse en lo que antes las obligaciones no le permitían: conversaciones eternas, un juego que empieza una y otra vez, equivocaciones sin consecuencias. Algunos le llaman malcriar a esos permisos. Pero creo que hay «vicios» que merecen heredarse: la curiosidad, la risa sin culpa, la confianza para volver a intentar. También se prepara a alguien para vivir cuando se le enseña que la vida puede ser alegría.

Pienso que en esa transmisión se reúne mucho de lo que nos permite seguir siendo humanos. Una madre recibe palabras, consejos y temores de otras generaciones; decide cuáles conservar, cuáles corregir y qué herramientas ofrecerle a su hijo para un mundo que tampoco ella conoce por completo (mucho más en estos tiempos de cambio de era). En sus manos, la memoria se hace presente y sigue buscando futuro.

Tardamos en reconocer el valor de ese trabajo. De chicos, los cuidados parecen pertenecer al funcionamiento de la vida. Después empezamos a distinguir a la persona que los hacía posibles. También ella tenía miedo, necesitaba compañía y estaba aprendiendo.

Hoy vuelvo a aquella frase de mi mamá y escucho a la mujer que me estaba contando algo de su vida. Estábamos tan acostumbrados a que se preocupara por nosotros que no siempre supimos preguntarle qué le preocupaba a ella.

Creo que agradecer también exige hacer algo con lo recibido. Tengo la bendición de poder acompañarla, escucharla y ayudarla a encontrar tiempo para aquello que todavía desea.

Feliz Día de la Madre.

2 comentarios

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *