Gabriel Bertino Escritor

Aquí podrán encontrar todo lo relativo a mi trabajo como escritor, Te invito a formar parte de mi universo literario..

BIOGRAFIA

Gabriel Bertino (Rosario, Santa Fe, 1970) es escritor y abogado en argentino.

Su formación literaria comenzó durante la década de 1990 en talleres de escritura y poesía junto a la licenciada en Letras Ana María Echevarría, especialista en poesía española de posguerra. En esos años profundizó también en la obra de Antonio Machado, una influencia decisiva en su interés por el tiempo, la memoria y la condición humana.

Es autor de Estaciones (1996), Equipaje de mano (2023), Monteco (2025) y El peso de las sombras (2026). Aunque transita distintos géneros —poesía, cuento, novela y ensayo—, toda su obra se encuentra atravesada por una misma búsqueda: comprender cómo el tiempo, la memoria, la vulnerabilidad, los vínculos y la conciencia moldean la experiencia humana.

Actualmente trabaja en Geografías del alma, una novela fragmentaria de carácter existencial, y en ORIGO: Un salto a las estrellas, una novela de ciencia ficción filosófica desarrollada junto a la Agencia Literaria Sandra Bruna (Barcelona).

Además de su actividad literaria, ejerció la docencia, el derecho, la comunicación y la gestión pública, experiencias que enriquecen una obra donde la reflexión filosófica y la emoción dialogan permanentemente.

Cuando el pasado cambia de significado

La semana pasada escribí sobre las personas que, sin saberlo, cambian nuestra vida. Mientras preparaba ese ensayo ocurrió algo inesperado. Al intentar relatar uno de los recuerdos que habían dado origen a mi vocación literaria, descubrí que llevaba casi cuarenta años recordándolo de manera diferente. Ese descubrimiento terminó convirtiéndose, sin que yo lo buscara, en el ensayo de esta semana.

En aquel ensayo recordaba una clase de literatura en la que analizábamos una poesía de la posguerra española. Estaba casi convencido de que el poema se llamaba «Un hombre pasa» y que pertenecía a César Vallejo. Pero lo que recordaba con más fuerza era que, a lo largo del texto, una misma frase se repetía una y otra vez: el hombre pasa….

Busqué la poesía para releerla y cuando la encontré, ocurrió algo inesperado.

Aunque con un nombre inexacto, era el texto correcto. El poema, en efecto, se titula «Un hombre pasa con un pan al hombro» y pertenece a César Vallejo». Pero en ningún lugar repetía esa frase que yo recordaba.

Entonces me asaltó la duda. ¿Habrá sido esa la poesía? ¿Será otra diferente con nombre similar?

Comencé a profundizar mi búsqueda, revisé otras ediciones, busqué nuevas referencias y terminé encontrando un segundo poema, «Cansancio», de Leopoldo de Luis. Allí sí aparecía aquella repetición que había permanecido grabada en mi memoria durante casi cuarenta años.

Entonces, más tranquilo terminé de redactar el ensayo, creyendo que había resuelto el enigma. Sin embargo, todavía faltaba la sorpresa mayor.

Le escribí a Zulema Frattani, la profesora de literatura que había despertado mi pasión por la poesía, y con quien había retomado contacto, para contarle del texto y de mi hallazgo. Su respuesta fue tan breve como desconcertante.

—La poesía que trabajamos en clase fue la de Vallejo.

¿Cómo podía ser posible? El poema era el de Vallejo, pero el recuerdo de él, que durante décadas había conservado con absoluta seguridad, pertenecía (al menos en parte), a otro autor.

Como si eso no bastara…apareció una segunda grieta.

Durante toda mi vida también estuve convencido de que en aquellas clases habíamos leído La Divina Comedia. Zulema sonrió y respondió que jamás había dado ese libro en el aula. Probablemente me lo había recomendado en alguna conversación personal y, con el paso del tiempo, mi memoria terminó incorporando aquel episodio al recuerdo de las clases.

En apenas unos minutos comprendí algo profundamente inquietante. Dos de los recuerdos que consideraba más firmes de mi adolescencia no eran exactamente como yo los había vivido.

Durante largo tiempo permanecí mirando la pantalla sin saber muy bien qué pensar. No se trataba simplemente de haber confundido un autor con otro. Aquellos recuerdos ocupaban un lugar central en la historia que durante décadas me había contado sobre mí mismo. Eran parte del origen de mi relación con la poesía y, en cierto modo, también de mi identidad como escritor.

Lo más inquietante era que nunca había dudado de ellos. Los conservaba con una certeza casi absoluta. Y, sin embargo, algunos de sus elementos fundamentales no habían ocurrido exactamente como yo los recordaba.

Aquella experiencia me obligó a hacerme una pregunta que nunca antes me había planteado.

Si la memoria podía reconstruir con tanta libertad un episodio tan importante de mi vida, ¿cuántos otros recuerdos que considero absolutamente ciertos habrán seguido el mismo camino?

Siempre imaginé la memoria como una biblioteca. Un lugar donde los acontecimientos permanecían archivados para ser recuperados cuando los necesitáramos.

Ahora sospecho que trabaja como un novelista.

No inventa la historia desde cero. Trabaja con hechos reales, emociones auténticas y experiencias vividas. Pero, cada vez que vuelve sobre ellas, reorganiza detalles y rellena vacíos para conservar aquello que verdaderamente importa: el sentido.

Y tal vez eso explique por qué los recuerdos más importantes suelen ser también los más difíciles de verificar. No permanecen intactos porque hayan escapado al paso del tiempo. Permanecen vivos porque nuestra identidad vuelve una y otra vez sobre ellos, resignificándolos desde cada nueva etapa de la vida.

Todos hemos vivido escenas familiares donde dos personas recuerdan de manera completamente distinta un mismo episodio. Lo curioso es que, en la mayoría de esos casos, nadie intenta mentir. Cada uno recuerda desde la persona en que se ha convertido.

Cada vez que evocamos un recuerdo también lo reinterpretamos. Por eso nunca regresamos exactamente al pasado. Regresamos a la última versión que construimos sobre él.

Solemos creer que nuestra identidad descansa sobre hechos firmes. Sin embargo, buena parte de la historia con la que explicamos quiénes somos ha sido reconstruida muchas veces por nuestra propia memoria.

Aquella conversación con Zulema modificó aquel recuerdo, pero también mi manera de comprender la memoria.

Descubrí entonces algo profundamente tranquilizador.

Aunque hubiera confundido un poema con otro y mezclado recuerdos distintos, nada de eso alteraba lo esencial. Aquella profesora despertó mi amor por la literatura. Aquellas clases cambiaron mi manera de leer.

Esa transformación ocurrió realmente. Los detalles podían ser distintos, pero el sentido permanecía intacto.

Quizás por eso la memoria no conserve el pasado como una fotografía. Quizás conserve algo todavía más valioso.

El sentido.

Comprenderlo debería volvernos un poco más humildes. Porque si incluso nuestra propia historia puede ser reconstruida por la memoria, también nuestras certezas merecen, de vez en cuando, ser revisadas.

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2 respuestas a «LA IMAGINACIÓN DE LA MEMORIA»

  1. Avatar de Mabel
    Mabel

    Capaz que uno recuerda lo que entendió. O como lo imagino

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    1. Avatar de Gabriel Bertino Escritor

      Si esa es la idea, un recuerdo del sentido, mas que de la experiencia

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