
Cuando el tiempo revela un legado
Con los años descubrí que la mayoría de las personas que cambian nuestra vida nunca llegan a saberlo. Lo hacen de manera silenciosa, casi siempre a través de gestos sencillos. Esos cambios suelen nacer de acontecimientos aparentemente insignificantes que, sin gestas memorables ni hechos extraordinarios, terminan marcando nuestro camino.
Con una conversación, un libro entregado en el momento justo, una invitación inesperada o simplemente un ejemplo de vida, ciertas personas logran dejar huellas indelebles en nosotros. Y otras hacen algo todavía más profundo. Dejan plantada una semilla. Una promesa que permanece oculta debajo de la superficie, en un proceso silencioso durante el cual parece que nada ocurre, hasta que un día comienza a brotar. Así, muchos años después, comprendemos que una parte esencial de lo que hoy somos empezó a crecer cuando alguien, sin proponérselo, sembró algo valioso dentro de nosotros.
Siempre amé la literatura.
Crecí en el campo, en una época en la que no existían internet, las redes sociales, la televisión por cable ni las consolas de videojuegos. Cuando el aburrimiento aparecía, sólo había dos caminos posibles: los juegos de la imaginación o los libros. Y yo elegí ambos.
Por eso mi relación con la literatura nunca nació como una obligación escolar. Fue íntima, silenciosa, casi una forma de conversar conmigo mismo y de intentar comprender un mundo que todavía me resultaba inmenso.
Al comenzar la secundaria llegué al Colegio Nacional Florentino Ameghino. Mis padres habían elegido ese bachillerato porque estaban convencidos de que me prepararía especialmente para la universidad. Una decisión que, más allá de sus aciertos o errores, también reflejaba esa frecuente tendencia de los padres a decidir el rumbo de sus hijos. Un tema que, por sí solo, merecería otra reflexión.
Una vez instalado allí, descubrí un colegio que respiraba conocimiento. Estudiábamos varios idiomas —inglés, francés e italiano— y materias como literatura, música o psicología ocupaban un lugar central en la formación.
Allí conocí a Zulema Frattani.
Era una de esas docentes que aman profundamente aquello que enseñan. Nunca se conformaba con los resúmenes de los manuales. Quería que leyéramos los textos completos y, muchas veces, nos sugería lecturas que trascendían el programa de estudio. Gracias a ella descubrí La Divina Comedia de Dante y muchos otros clásicos que ampliaron para siempre mi horizonte de lector.
Un día Zulema llevó una poesía al aula y tuvimos una clase que nunca más pude olvidar. Con el paso de los años ya no sabría asegurar si recuerdo con exactitud sus versos o la interpretación que ella hizo de ellos. Lo que nunca se borró de mi memoria fue la conversación que aquella lectura despertó.
Mientras avanzábamos en la lectura, la figura de un hombre que pasa aparecía una y otra vez. Recuerdo que sonreí. Ella me miró sorprendida.
—¿De qué te reís?
Le respondí con la ingenuidad propia de un adolescente.
—Así es fácil escribir… Repite siempre la misma idea… y listo.
Nunca olvidaré su respuesta.
—Esperaba esa reacción de cualquiera, menos de vos, porque conozco cuánto te gusta la literatura.
Entonces comenzó a explicarnos que aquello que yo interpretaba como una pobreza de lenguaje era, en realidad, un recurso literario. Que la fuerza del poema no residía solamente en las palabras, sino en aquello que lograban sugerir. Que la repetición de ciertas imágenes estaba al servicio de un significado mucho más profundo.
Fue una verdadera revelación. Por primera vez comprendí que las palabras podían significar mucho más de lo que decían. Entendí, no de manera intelectual sino casi existencial, qué era una metáfora. Aquel día no aprendí solamente a leer un poema. Descubrí una nueva forma de leer la realidad.
Desde entonces la poesía comenzó a acompañarme, a tal punto, que cuando terminé la secundaria y me mudé a Rosario para comenzar la universidad, empecé mis primeros talleres literarios con Ana María Echevarría, dedicados a la poesía española y a otros grandes autores de la lengua castellana. Allí conocí, entre muchos otros autores, la obra de Antonio Machado (mi autor favorito), del peruano César Vallejo, de Blas de Otero y de Ángel González. La sutil ironía de este último sigue fascinándome. Aún sonrío cada vez que releo aquellos versos de «Elegido por aclamación»: «Sí, fue un malentendido. Gritaron: ¡A las urnas! y él entendió: ¡A las armas! dijo luego».
Desde entonces la poesía nunca volvió a abandonar mi vida.
Muchos años después, cuando publiqué Equipaje de mano en 2023, sentí que había una persona que debía recibir uno de los primeros ejemplares. Treinta y siete años habían pasado desde aquella clase.
La llamé y aceptó recibirme en su casa. Tomamos un café y hablamos de literatura, de aquellos años y, por supuesto, de la vida. Semanas después me acompañó a la presentación del libro. Desde entonces seguimos en contacto y, todavía hoy, suele leer algunos de mis textos antes de que sean publicados.
Estoy convencido de que ella jamás imaginó, aquella mañana en el aula, que una simple explicación sobre un recurso literario terminaría influyendo en la vida de uno de sus alumnos. Casi cuatro décadas después, aquel impulso inicial continúa creciendo.
Pero no fue la única semilla.
También en el Nacional tuve como profesor de música a Ricardo Vidal. Otra de esas personas que parecían haber nacido para enseñar. No se limitaba a transmitir conocimientos. Intentaba despertar curiosidad. Nos proponía desafíos para crear melodías, organizaba concursos y buscaba permanentemente que la música dejara de ser una materia para convertirse en una experiencia.
Un día ocurrió algo que todavía recuerdo con enorme gratitud. El Teatro Verdi presentaba Rigoletto, de Giuseppe Verdi, y Ricardo compró de su propio bolsillo cinco entradas para que algunos alumnos pudiéramos asistir junto a él. Hoy, a la distancia, no alcanzo a recordar los criterios y las condiciones con los que nos eligió; sin embargo, conservo intacta la emoción inmensa que sentí al saber que formaría parte de aquel grupo.
Antes de comenzar la función nos explicó qué era una ópera, quién era Verdi y cuál era la historia que íbamos a presenciar. En aquella época el teatro todavía no contaba con pantallas donde apareciera la traducción del libreto. Escuchábamos cantar en italiano sin comprender una sola palabra. Sin embargo, eso era lo menos importante.
Aquella noche, cuya resonancia se prolongaría durante años en otras funciones y otros escenarios, descubrí un universo del que ni siquiera sospechaba la existencia. No era solamente la música ni la experiencia de asistir a un teatro. Era la posibilidad de entrar en contacto con siglos de belleza, de sensibilidad y de creación humana.
Comprendí que la cultura era un territorio inmenso, construido pacientemente por generaciones enteras, y que cualquiera de nosotros podía atravesar esa puerta si alguien tenía la generosidad de mostrarnos dónde estaba.
Con los años comprendí que tanto Zulema como Ricardo hicieron exactamente lo mismo. Ninguno intentó convencerme de que amara la poesía o la ópera. Simplemente me abrieron una puerta.
Después fui yo quien decidió atravesarla.
Tal vez esa sea la enseñanza más profunda que puede ofrecer un verdadero maestro. Los conocimientos son importantes. Pero, con el tiempo, muchos terminan olvidándose. Lo que permanece es el deseo, la curiosidad y el entusiasmo. Ese impulso casi inexplicable que nos lleva a seguir explorando un mundo que antes desconocíamos.
Creo que los verdaderos maestros rara vez conocen el alcance de su obra. La mayoría ignora cuántas vidas modificaron con una clase, una conversación o un gesto que para ellos pudo haber parecido insignificante.
Y, sin embargo, ellos permanecen. Están presentes en cada libro que elegimos, en cada decisión que tomamos y en cada pasión que nos habita. Al fin y al cabo, una vida también puede cambiar gracias a una tarde cualquiera, cuando alguien nos descubre, por primera vez, un poema o una ópera.
Quizá esa sea la forma más sutil de cambiar el mundo. No mediante grandes discursos ni hazañas memorables, sino sembrando en otro ser humano una pasión, una pregunta o un deseo que perdurará mucho después de nuestra ausencia. Porque, al fin y al cabo, las semillas más valiosas son aquellas cuyos frutos quizá nunca alcancemos a contemplar.


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