
La imposibilidad de juzgar el futuro
En nuestra vida cotidiana realizamos conductas tan habituales que terminan pasando desapercibidas. Una de ellas es nuestra tendencia a anticipar el futuro.
Casi de manera automática, frente a un nuevo trabajo, una relación que comienza, el nacimiento de un hijo o el resultado de un proyecto largamente esperado, empezamos a imaginar distintos escenarios. Antes de que las cosas ocurran, ya comenzamos a construir una idea sobre ellas.
Imaginamos qué debería suceder. Cómo nos sentiremos. Qué consecuencias tendrá. Cuáles de esas posibilidades nos acercarán a aquello que consideramos un éxito y cuáles significarán un fracaso.
No hay nada necesariamente equivocado en ese mecanismo. Anticipar también nos permite prepararnos. Elegimos una carrera porque imaginamos determinada vida. Comenzamos un proyecto porque esperamos un resultado. Organizamos un viaje pensando en aquello que encontraremos. Incluso buena parte de nuestras decisiones cotidianas serían imposibles sin alguna representación del futuro.
El problema comienza cuando olvidamos algo esencial: una expectativa es una representación de la realidad, no la realidad misma.
Y existe una dificultad imposible de superar. Ningún ser humano puede conocer todas las implicancias de un acontecimiento.
La vida no se desarrolla como una sucesión de hechos aislados, sino como una inmensa red donde cada decisión —meditada o casual— modifica innumerables acontecimientos posteriores. Desde una elección trascendente hasta el simple hecho de doblar en una esquina, cualquier movimiento puede alterar el curso de nuestra historia.
Por eso, incluso las categorías de éxito y fracaso resultan menos definitivas de lo que suponemos.
Aquello que hoy celebramos como un gran logro puede conducirnos hacia un lugar que, años después, hubiéramos preferido evitar. Y aquello que experimentamos como una derrota puede terminar abriendo posibilidades que nunca habríamos imaginado.
El problema es que nosotros juzgamos desde el presente. Y el presente posee muy poca información sobre el futuro.
Nuestra mente necesita encontrar sentido. Clasifica los acontecimientos como buenos o malos, favorables o adversos. Esa capacidad resulta indispensable para desenvolvernos. El problema aparece cuando convertimos esas evaluaciones provisionales en sentencias definitivas sobre una historia que apenas conocemos. Algunas consecuencias aparecen en cuestión de horas. Otras necesitan años para desplegarse. Y muchas probablemente nunca lleguemos a conocerlas.
Por eso, cuando afirmamos que algo fue “lo mejor” o “lo peor” que pudo ocurrirnos, estamos pronunciando un juicio sobre una historia que todavía continúa escribiéndose.
Una antigua historia oriental expresa esa dificultad con extraordinaria sencillez. Un campesino perdió su caballo y sus vecinos lamentaron su desgracia. Días después, el animal regresó acompañado por varios caballos salvajes y todos celebraron su buena fortuna. Más tarde, su hijo intentó domar uno de ellos, cayó y se fracturó una pierna. Nuevamente los vecinos hablaron de desgracia. Poco después comenzó una guerra y el joven fue el único del pueblo que no fue reclutado debido a aquella lesión.
La historia podría continuar indefinidamente. Y precisamente allí reside su fuerza.
Cada vez que creemos haber comprendido el significado definitivo de un acontecimiento, aparece una consecuencia nueva capaz de modificar nuestra interpretación anterior.
Podemos alegrarnos o entristecernos por aquello que nos sucede. Es inevitable. Lo que difícilmente podamos hacer es convertir esa emoción inicial en un juicio definitivo sobre el rumbo de nuestra vida.
Las expectativas participan de esa misma dificultad.
Esperar algo no constituye necesariamente un problema. Una expectativa puede orientarnos. Puede ayudarnos a prepararnos, organizar nuestros esfuerzos e incluso sostenernos durante un período difícil.
Pero existe un momento en el que esa orientación puede transformarse en una carga.
Ocurre cuando dejamos de pensar: “espero que esto suceda”, y comenzamos a sentir: “esto debería suceder”. La diferencia parece pequeña, pero modifica completamente nuestra relación con la realidad.
En el primer caso conservamos una dirección. En el segundo empezamos a exigir un resultado. Y entonces aparece la frustración.
Paradójicamente, algunas veces conseguimos aquello que durante años habíamos perseguido y, aun así, experimentamos una extraña sensación de vacío. No necesariamente porque el logro carezca de valor, sino porque la realidad nunca consigue coincidir exactamente con la versión que habíamos construido en nuestra imaginación.
Una relación real debe competir con la relación imaginada. Un viaje, con todas las escenas que anticipamos antes de partir. Un trabajo, con aquello que suponíamos que sentiríamos al conseguirlo.
Y la realidad tiene una desventaja: debe suceder. La expectativa, en cambio, puede ser perfecta.
No tiene imprevistos, cansancio, contradicciones ni días malos. Puede acomodarse exactamente a nuestros deseos porque existe dentro de nosotros. La realidad nunca dispone de ese privilegio.
Por eso las expectativas pueden comenzar a deformar nuestra experiencia incluso cuando las cosas salen razonablemente bien. Ya no observamos aquello que ocurrió. Observamos la distancia que existe entre lo ocurrido y aquello que habíamos imaginado.
Y cuanto más rígida sea esa imagen, menos posibilidades tendrá la realidad de sorprendernos.
Existe además otro costo.
Una expectativa demasiado intensa no solamente condiciona aquello que vendrá. También puede empobrecer aquello que está ocurriendo ahora.
Cuando todo el valor de una etapa depende de conducirnos hacia determinado resultado, el presente comienza a convertirse en un instrumento. Estudiamos únicamente para recibirnos. Trabajamos exclusivamente para conseguir un ascenso. Atravesamos una experiencia pensando solamente en aquello que debería producir después.
El camino pierde espesor porque toda nuestra atención está colocada en el destino. Aceptar esta incertidumbre no significa renunciar a nuestros proyectos.
Podemos elegir un rumbo. Comprometernos. Trabajar, estudiar, amar y esforzarnos con toda nuestra energía. Lo que no podemos hacer es conocer de antemano el verdadero lugar que esos acontecimientos terminarán ocupando dentro de nuestra historia.
Y allí aparece la verdadera carga de las expectativas: cuando dejan de ser una referencia y se convierten en una medida de la realidad. Entonces aquello que ocurre debe someterse permanentemente a la comparación con algo que nunca ocurrió.
Vivir sin expectativas probablemente sea imposible. La madurez puede consistir, en cambio, en aprender a sostenerlas con cierta liviandad.
Hacer planes sabiendo que pueden cambiar. Desear un resultado sin convertirlo en una condición. Caminar hacia un lugar conservando la posibilidad de descubrir, durante el recorrido, que queremos dirigirnos hacia otro.
Podemos elegir una dirección. Podemos incluso caminar hacia ella con enorme convicción. Pero existe una parte del camino que nunca nos pertenecerá.
Y acaso las expectativas comiencen a pesar precisamente cuando olvidamos esa diferencia: una cosa es imaginar hacia dónde queremos ir y otra muy distinta exigirle a la vida que nos lleve exactamente hasta allí.


Deja un comentario