Gabriel Bertino Escritor

Aquí podrán encontrar todo lo relativo a mi trabajo como escritor, Te invito a formar parte de mi universo literario..

BIOGRAFIA

Gabriel Bertino (Rosario, Santa Fe, 1970) es escritor y abogado en argentino.

Su formación literaria comenzó durante la década de 1990 en talleres de escritura y poesía junto a la licenciada en Letras Ana María Echevarría, especialista en poesía española de posguerra. En esos años profundizó también en la obra de Antonio Machado, una influencia decisiva en su interés por el tiempo, la memoria y la condición humana.

Es autor de Estaciones (1996), Equipaje de mano (2023), Monteco (2025) y El peso de las sombras (2026). Aunque transita distintos géneros —poesía, cuento, novela y ensayo—, toda su obra se encuentra atravesada por una misma búsqueda: comprender cómo el tiempo, la memoria, la vulnerabilidad, los vínculos y la conciencia moldean la experiencia humana.

Actualmente trabaja en Geografías del alma, una novela fragmentaria de carácter existencial, y en ORIGO: Un salto a las estrellas, una novela de ciencia ficción filosófica desarrollada junto a la Agencia Literaria Sandra Bruna (Barcelona).

Además de su actividad literaria, ejerció la docencia, el derecho, la comunicación y la gestión pública, experiencias que enriquecen una obra donde la reflexión filosófica y la emoción dialogan permanentemente.

Cuando proteger también puede impedir crecer

Existe una convicción profundamente arraigada: amar consiste en proteger, a veces, incluso sin medida. Pero ¿es realmente así? ¿Puede llegar un momento en que nuestro afán de protección termine siendo, paradójicamente, un obstáculo para el crecimiento de quien amamos?

Cuando alguien nos importa de verdad, su bienestar deja de resultarnos ajeno. Sus problemas nos preocupan, sus dolores también nos alcanzan y, muchas veces, su seguridad comienza a parecernos tan importante como la propia. Queremos evitarle sufrimientos, advertirle los peligros y acompañarlo cuando debe tomar una decisión difícil.

Por eso, frente a la posibilidad de que una persona amada se equivoque, resulta casi imposible permanecer indiferentes.

Observamos una relación que parece dañina, un trabajo que lentamente destruye a quien amamos o una decisión cuyas consecuencias creemos capaces de anticipar. Entonces aparece el impulso de intervenir: advertimos, opinamos, insistimos e intentamos mostrar aquello que el otro todavía no alcanza a ver. Todo eso nace de un sentimiento legítimo. El problema comienza cuando el deseo de proteger se confunde con el derecho a decidir por el otro.

Amar nos hace responsables de cuidar a una persona. Nunca dueños de su libertad.

La afirmación parece evidente mientras permanece en el terreno de las ideas. La dificultad comienza cuando vemos que alguien a quien amamos avanza deliberadamente hacia su propio daño.

No me refiero a una simple diferencia de gustos, valores o proyectos, que no coinciden con la vida que nosotros hubiéramos elegido. Hablo de aquellas circunstancias en las que, apartando nuestra subjetividad, vemos señales concretas de que una persona puede estar lastimándose.

¿Qué debemos hacer entonces? ¿Es suficiente con advertir? ¿Tenemos derecho a presionar? ¿Hasta dónde resulta lícito intervenir en una vida que no es la nuestra?

Quizás la primera respuesta sea admitir que el amor no nos obliga a callar, ya que la indiferencia no constituye una expresión de respeto y a veces esconde una comodidad disfrazada de prudencia. No parece razonable mirar hacia otro lado cuando alguien que queremos atraviesa una situación peligrosa.

Podemos advertir, ofrecer otra mirada, acompañar y sostener. Todo eso también es una forma de amar. Y en el amor, como en la vida, es necesario insistir. Pero como en todas las cosas, hay límites que ninguna buena intención debería atravesar. Y esa frontera es la libertad.

Tal vez el derecho más difícil de aceptar para quienes aman sea el derecho del otro a equivocarse. Respetar una decisión no significa aprobarla. Significa reconocer que la libertad solo existe cuando admite elecciones que nosotros jamás habríamos tomado.

Tal vez por eso las relaciones de pareja permitan observar este límite con mayor claridad. Podemos advertir, acompañar y ayudar. Pero, salvo situaciones extremas que exijan una intervención inmediata, no podemos sustituir su voluntad. Ninguna vida puede madurar completamente bajo la administración permanente de otra conciencia.

Si en las relaciones de pareja este límite suele ser claro, el desafío alcanza su máxima complejidad cuando el amor se convierte en paternidad. Porque allí el amor deja de ser solamente un sentimiento para convertirse también en una responsabilidad: educar, cuidar y poner límites. Educar implica hacer durante un tiempo aquello que la libertad todavía no puede hacer por sí sola.

Un niño no puede ser tratado como un adulto autónomo. Su libertad existe, pero necesita desarrollarse. Y ese desarrollo no ocurre de un día para otro. La madurez se construye lentamente, mediante experiencias, errores, límites, frustraciones y pequeños actos de responsabilidad.

Por eso los padres suelen encontrarse atrapados entre dos temores. Por un lado, el miedo a conceder libertad demasiado pronto y exponer a sus hijos a un daño que todavía no saben evitar y por el otro, el riesgo de protegerlos durante tanto tiempo que nunca lleguen a desarrollar las herramientas necesarias para aprender a cuidarse solos.

Ambos extremos educan mal.

Un exceso de abandono puede dejar a una persona sin orientación. Pero un exceso de protección también puede volverla frágil.

Durante mi infancia, mis padres tomaron muchas decisiones por mí. Una de ellas fue elegir el colegio secundario al que debía asistir. Tenía apenas doce años y me enviaron a estudiar a otra ciudad, convencidos de que aquel bachillerato me ofrecería una mejor preparación para la universidad. Decidieron desde su experiencia y desde el futuro que imaginaban para su hijo.

Con el tiempo comprendí que aquella decisión tuvo consecuencias mucho más profundas de las que cualquiera de nosotros podía prever. Allí conocí a docentes que despertaron mi amor por la literatura, la música y el conocimiento, dejando una huella decisiva en mi formación profesional. Pero también descubrí la soledad, el desarraigo y la necesidad de aprender a desenvolverme lejos de mi hogar. Aquella experiencia no solo orientó mi vocación; también moldeó mi manera de mirar el mundo.

Nunca sabré qué habría sido de mí si hubiera permanecido en mi pueblo. Quizás habría encontrado otros maestros, otras oportunidades y otros caminos. La vida es demasiado compleja para declarar acertada o equivocada una decisión basándonos únicamente en algunos de sus resultados.

Sin embargo, aquella experiencia sí me dejó una certeza. Descubrí que una persona comienza a sentirse verdaderamente dueña de su vida cuando percibe que las decisiones importantes le pertenecen. Ese es el momento en que proteger deja de significar decidir y comienza a significar confiar. Porque llega un punto en que seguir eligiendo por un hijo deja de ser una forma de educar y empieza, lentamente, a convertirse en una forma de apropiación.

Muchos padres aceptan con dificultad que sus hijos elijan una carrera diferente de la que habían imaginado, abandonen un trabajo seguro, amen a una persona que no cumple con sus expectativas o construyan una vida alejada de los valores familiares.

No siempre se trata de una preocupación infundada.

Quien ha vivido más años puede reconocer ciertos riesgos. La experiencia permite ver peligros que para una persona joven todavía permanecen ocultos.

Pero la experiencia también puede transformarse en una trampa. Porque haber vivido más no significa comprender por completo la vida del otro.

Los padres conocen el mundo desde su propia historia. Pero los hijos deberán habitar uno diferente.

Aquello que fue una elección segura para una generación puede convertirse en una prisión para la siguiente. Y una decisión que desde afuera parece imprudente puede contener una necesidad profunda que nadie más alcanza a comprender.

Por eso educar no puede consistir en intentar fabricar una copia. El objetivo no debería ser que un hijo repita nuestras elecciones, sino que aprenda a construir las propias con la mayor conciencia posible.

Para aprender a elegir también es necesario experimentar las consecuencias de las propias decisiones. Eso incluye equivocarse. Hay verdades que solo se comprenden después de haber pagado su precio. Podemos explicarle a un hijo que el fuego quema, pero llegará un momento en que deberá aprender por sí mismo cuál es la distancia prudente. Si durante toda su vida eliminamos cualquier riesgo, quizá logremos evitarle pequeñas heridas. Pero también podemos impedir que desarrolle la sensibilidad necesaria para reconocer peligros mayores.

Evitar todo dolor no siempre es cuidar. A veces es postergar el aprendizaje. Y esa postergación tiene una consecuencia especialmente grave: ningún padre puede convertirse en un escudo eterno.

Si una persona ha crecido completamente protegida del fracaso, de la responsabilidad y de las consecuencias de sus actos, la ausencia de quienes la cuidaron no la encontrará fortalecida. La expondrá doblemente.

No solo deberá enfrentar el dolor inevitable de la pérdida, sino que también tendrá que hacerlo sin las herramientas que nunca pudo desarrollar.

Tal vez una de las tareas más difíciles de un padre consista precisamente en aprender cuándo frustrar. No como ejercicio arbitrario de autoridad, sino porque la realidad también frustrará, y lo hará sin la delicadeza de quienes nos aman.

Decir que no, establecer límites, exigir responsabilidad y permitir que una decisión tenga consecuencias son maneras de preparar a una persona para una existencia que no siempre respetará sus deseos.

Un buen padre no elimina todos los obstáculos. Enseña a atravesarlos.

La Biblia repite, de distintas maneras, que la salvación es personal. Más allá de su sentido religioso, esa afirmación también contiene una profunda verdad existencial: nadie puede vivir la vida en lugar de otro. Podemos caminar junto al otro. Iluminar una parte del camino. Sostenerlo cuando cae. Pero existe un tramo que nadie puede recorrer en su lugar.

La libertad no es el límite del amor. Es una de sus formas más profundas. Porque respetar la libertad ajena no significa que su destino nos resulte indiferente. Significa aceptar que el otro no nos pertenece.

Tal vez amar verdaderamente consista en vivir dentro de esa tensión. Intentar proteger sin encerrar. Aconsejar sin imponer. Acompañar sin sustituir. Intervenir cuando es necesario y retirarse cuando nuestra presencia comienza a impedir el crecimiento.

No existe una regla capaz de resolver todas las situaciones, porque la edad y la madurez cambian los escenarios. Habrá momentos en los que proteger exija decidir y otros en los que amar consista en permitir. Y algunos, quizá los más dolorosos, en los que deberemos observar cómo alguien que amamos toma una decisión equivocada.

Tan importante como sostener a un hijo también es permitirle conocer la frustración alguna vez. Porque un hijo no necesita que le despejemos el camino para siempre. Necesita aprender a recorrerlo cuando ya no estemos para hacerlo por él.

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4 respuestas a «EL LÍMITE DEL AMOR»

  1. Avatar de Marcela Silvia González
    Marcela Silvia González

    Hola me parece hermoso el texto, y muy cierto. Muchas veces en la vida tuve que decidir y otros que tuve que soltar, tanto como adulto como madre tambien. No es fácil reconocer esa pequeña línea que divide ese que hacer. Y como bien decís vos quizás donde se ve más mejor es en la pareja porque el límite ya es más claro.

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    1. Avatar de Gabriel Bertino Escritor

      En la pareja es mas simple de ver, porque uno puedo soltar y seguir su camino, cuando las cosas no coinciden. La paternidad es diferente, y requiera mas esfuerzo para ver esa pequeña diferencia. Gracias Marcela por dejar tu comentario!!!

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  2. Avatar de Mabel Menna
    Mabel Menna

    Uno siempre quiere lo mejor para los hijos

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    1. Avatar de Gabriel Bertino Escritor

      Es asi Mabel, eso es muy claro, lo que resulta mas dificil de ver…es que cosas son lo mejor. Saludos y gracias por tu mensaje

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