
La difícil tarea de habitar el presente
Hace unos días me encontré con un amigo que hacía mucho no veía. Tenía ganas de hablar con él, primero para saber cómo estaba y, segundo, para disfrutar de su compañía.
Había cambiado de trabajo hacía algún tiempo y, mientras conversábamos, percibí algo diferente en su manera de hablar. Algo muy sutil pero que, al mismo tiempo, me resultaba notorio. Ajeno a cualquier entusiasmo o euforia de los que suelen acompañar a las novedades, portaba una especie de serenidad profunda que transmitía la sensación de estar satisfecho y en control de su vida.
Como fue una impresión clara y fuerte, antes de despedirnos le dije que me alegraba verlo y escucharlo de ese modo. Que me ponía contento saber que estaba atravesando un buen momento. Y que siempre resultaba muy gratificante percibir que las personas que uno quiere son felices.
Mi amigo quedó sorprendido. Le resultó demasiado fuerte la palabra felicidad. Como si dudara de si era o no feliz. Y por eso la charla se extendió un rato más.
Le comenté que creía que ser feliz no significaba vivir sin problemas o alcanzar un estado en el que desaparezcan las necesidades, las dudas o los conflictos. Porque eso no coincide con nuestra naturaleza: las necesidades y los problemas forman parte de la condición humana.
Me refería a algo diferente.
A esa extraña coincidencia que algunas veces se produce entre la vida que llevamos y la persona que sentimos que somos. A tener la posibilidad de elegir, dentro de las restricciones que inevitablemente impone la realidad, una parte del camino que deseamos transitar. Encontrar un espacio donde nuestra sensibilidad, nuestra inteligencia y nuestros afectos puedan expresarse sin demasiadas máscaras. Estar en contacto con aquello que sabemos hacer y, sobre todo, con ese talento particular que, de alguna manera, nos vuelve únicos.
Algo simple y, al mismo tiempo, difícil de conseguir.
Mi amigo seguía escuchando, pero no estaba demasiado convencido. En realidad, se sentía bien y satisfecho, pero creía que le faltaba algo. Que aquello era muy poco, porque la felicidad debía ser algo más profundo y sagrado. Y esa sensación lo llevaba a preguntarse si ese era su sentido o si había venido a la vida para estar ahí. Dicho de otra manera, si aquel trabajo, aquella tranquilidad y aquella forma de vivir eran realmente el lugar al que debía llegar.
Su pregunta me quedó dando vueltas.
Porque existe algo curioso en nuestra relación con la felicidad. Podemos pasar años buscándola y, cuando finalmente encontramos un instante de equilibrio, en lugar de habitarlo con calma y alegría, comenzamos a preguntarnos cuánto durará, si acaso es suficiente o si quizá deberíamos estar en otro lugar.
Convertimos el presente en una precaria sala de espera, donde lo que importa es lo que vendrá.
Creo que, en realidad, no necesitamos pensar más lejos de una simple realidad: estamos en el lugar donde debemos estar ahora, en este instante.
El futuro es una idea que posee una enorme capacidad para distraernos. Proyectamos escenarios, anticipamos dificultades, imaginamos posibilidades y construimos versiones de nosotros mismos que todavía no existen. Todo eso puede resultar útil. El problema comienza cuando confundimos esa representación con la realidad. Porque el futuro, por definición, siempre es un hipotético. No existe y, por lo tanto, no puede ser vivido. La única experiencia disponible ocurre ahora.
Por eso quizá el paso lógico sea concedernos el permiso de sentirnos bien, sin preguntarnos qué sigue o qué viene después. Sin exigirle a cada experiencia que defina o justifique nuestro destino. Entendiendo que la vida es un viaje que une diferentes estaciones.
Y eso no significa estancarse ni renunciar al movimiento. Porque la vida nunca permanece quieta y nosotros tampoco. Solo debemos renunciar a muchas ideas preconcebidas sobre lo debido, el tiempo y el éxito. Porque mientras creemos estar detenidos, en realidad seguimos caminando. Incluso por diferentes caminos al mismo tiempo.
Podemos desarrollar una profesión mientras descubrimos una vocación. Construir una relación mientras aprendemos a estar solos. Habitar una ciudad mientras comenzamos, casi sin advertirlo, a imaginar otra. Podemos ser padres, amigos, trabajadores, lectores, artistas o viajeros de manera simultánea.
Nuestras vidas no avanzan sobre una sola carretera. Se parecen más a una enorme red de caminos entrelazados que recorremos de manera simultánea.
Algunos ocupan durante años el centro de nuestra existencia. Otros permanecen en los márgenes, casi invisibles. Hasta que un día algo cambia. Entonces uno de aquellos senderos secundarios empieza lentamente a ensancharse y los grandes comienzan a tornarse pequeños, sin que podamos determinar con precisión cuándo ocurrió.
Quizá nuestra vida no cambia de camino, sino que cambia su centro de gravedad.
Por eso resulta tan difícil determinar cuál es nuestro lugar definitivo. Porque probablemente no existe. Somos seres en movimiento que atravesamos etapas y habitamos estaciones. Algunas duran unas semanas y otras ocupan décadas enteras. Hay lugares que abandonamos y otros a los que regresamos siendo personas diferentes.
Quizá, entonces, lo que pueda ayudarnos sea mantenernos alertas y dejar de pensar permanentemente en cuál será nuestra próxima estación. Dedicarnos a vivir plenamente aquello que tenemos delante. Movernos cuando sentimos que debemos hacerlo. Aprender de aquello que duele y disfrutar, sin culpa ni sospecha, de aquello que nos hace bien. Sin exigencias, expectativas ni mediciones.
Porque también existe una forma de desperdiciar el presente intentando aprovecharlo demasiado.
Vivimos en una época poco preparada para aceptar esta idea. La velocidad se ha convertido en una virtud y la urgencia, en una costumbre. Todo parece exigir una respuesta inmediata. Debemos crecer, producir, decidir, cambiar, avanzar. Incluso el descanso parece necesitar una finalidad para ser legitimado.
En ese contexto, detener la búsqueda puede constituir una manera eficaz de avanzar.
Quizá mi amigo cambie nuevamente de trabajo. Tal vez descubra una vocación diferente, se mude de ciudad o encuentre una experiencia que modifique por completo aquello que hoy considera importante.
O quizá no.
Nadie puede saberlo.
Y justamente por eso no necesita resolverlo ahora. Solo necesita vivir con plenitud la experiencia que tuvo la suerte de alcanzar. Habitarla sin preguntarse permanentemente cuánto durará, qué vendrá después o si existe en algún lugar algo mejor.
Reconocer, aun con problemas, necesidades e incertidumbres, que por un instante nuestra vida y aquello que somos parecen caminar en la misma dirección. Y darnos permiso para vivirlo.
Quizá eso sea la felicidad.


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