LA PARADOJA DEL INSTANTE

Cartografía para una existencia con conciencia

La conciencia de nuestra mortalidad nos acompaña desde siempre. No se trata de una revelación dogmática ni de un descubrimiento moderno. Sabemos que nuestra existencia física tiene un límite, que el tiempo que nos fue concedido es escaso y que, tarde o temprano, llegará el instante en que dejaremos de estar aquí, al menos en este plano.

Y utilizo deliberadamente esta última expresión porque comprendemos mucho menos de lo que creemos acerca de la realidad.

Muchas de las certezas sobre las que construimos nuestra existencia descansan sobre conceptos que solemos tratar como absolutos, cuando quizá sean solo aproximaciones imperfectas. Ocurre con las grandes preguntas: el origen de la vida y del universo, la naturaleza de la conciencia o la existencia de Dios. Pero también con conceptos aparentemente sencillos y cotidianos, como el tiempo.

Estamos acostumbrados a imaginarlo como una línea dividida en pasado, presente y futuro. Sin embargo, esa representación quizá responda más a una necesidad de nuestra mente que a una descripción definitiva de la realidad. ¿Quién puede asegurar que el tiempo es verdaderamente lineal? ¿Que el pasado está completamente cerrado o que el futuro todavía no existe de alguna manera?

No lo sabemos. Y una primera forma de sabiduría podría consistir precisamente en reconocer los límites de nuestra comprensión.

Sin embargo, en medio de todas esas incertidumbres existe una realidad que solemos aceptar sin demasiadas discusiones: nuestra condición finita. Desconocemos la verdadera naturaleza del tiempo, pero sabemos que nuestro tiempo termina.

Y allí aparece una paradoja.

Intelectualmente aceptamos nuestra finitud. Emocionalmente, en cambio, solemos comportarnos como si dispusiéramos de un tiempo inagotable.

Nos preocupamos por asuntos insignificantes, postergamos conversaciones importantes, demoramos decisiones que sabemos necesarias y administramos nuestros días como si la vida estuviera siempre dispuesta a concedernos una nueva oportunidad.

Conocer nuestra finitud, sin embargo, no significa necesariamente vivir conscientes de ella.

Podemos repetir que la vida es breve, que el tiempo es valioso y que el presente constituye nuestra única experiencia disponible. Pero existe una enorme distancia entre sostener esas ideas y conseguir vivir de acuerdo con ellas.

Algunas veces, sin embargo, algo consigue romper esa distancia. Una pérdida. Una enfermedad. Un nacimiento. Un encuentro inesperado. Incluso un simple atardecer.

Entonces ocurre algo extraño.

Durante unos segundos dejamos de pensar la vida como una idea y volvemos a experimentarla como una realidad. Comprendemos que estamos vivos y que ese hecho, por sí solo, resulta extraordinario.

La conciencia aparece entonces como un relámpago que ilumina el paisaje entero. Pero esa claridad rara vez permanece. Casi de inmediato regresamos a las obligaciones, las urgencias y los hábitos. Volvemos a correr detrás de cosas que confundimos con sentido y olvidamos aquello que apenas unos instantes antes habíamos visto con absoluta claridad.

No necesariamente porque seamos inconscientes.

Vivimos condicionados por necesidades, responsabilidades, recursos, salud y circunstancias que exigen nuestra atención. Tener un trabajo nos proporciona ingresos, pero también consume una parte importante de nuestro tiempo. Asumir responsabilidades puede otorgarnos sentido y, al mismo tiempo, quitarnos tranquilidad. Toda elección parece resolver algo mientras inevitablemente deja otra cosa de lado.

No podemos vivir permanentemente contemplando nuestra mortalidad. Tampoco parece deseable hacerlo. Pero algunas veces confundimos aquello que ocupa nuestra vida con aquello que verdaderamente le otorga significado.

Una demora, una discusión administrativa, un problema laboral o una obligación cotidiana pueden ocupar un espacio desproporcionado dentro de nosotros. Les entregamos una parte de nuestra paz como si de ellas dependiera el sentido mismo de nuestra existencia.

Y mientras tanto la vida continúa ocurriendo.

A veces aparece en un atardecer sobre la ruta, en el perfume de una flor o en el aroma del café recién hecho. Otras, en una conversación, una comida compartida, una mano tendida en el momento justo o una despedida que todavía no sabemos que será la última.

Pequeños acontecimientos que probablemente no modificarán el mundo, pero que pueden modificar durante unos segundos nuestra manera de estar en él. Instantes capaces de interrumpir uno de los mayores errores de nuestra época: vivir preparándonos para la vida mientras la vida ya está ocurriendo.

Cuando miramos hacia atrás, descubrimos algo curioso.

Pocas veces recordamos las tareas que parecían imprescindibles. Recordamos personas. Una mesa. Un viaje. Una conversación. Una mirada. Alguien cebando un mate mientras hablábamos de cualquier cosa.

La memoria parece tener su propia jerarquía. Conserva algunas cosas que en el momento parecían insignificantes y deja desaparecer muchas otras que alguna vez consideramos urgentes.

Nuestra existencia no se construye solamente con aquello que hacemos, sino también con aquello que conseguimos experimentar con verdadera conciencia.

La vida cotidiana inevitablemente volverá a reclamarnos. Habrá cuentas que pagar, trabajos que terminar, problemas que resolver y decisiones que tomar. Y aquella claridad probablemente vuelva a apagarse.

Pero algunas veces regresará. Una canción. Una fotografía. Un paisaje. La presencia de alguien querido. Cualquier acontecimiento capaz de sacarnos durante unos segundos de nuestra propia distracción.

Quizá la conciencia funcione precisamente de esa manera. No como una iluminación permanente, sino como pequeños instantes de lucidez en medio de la enorme distracción de estar vivos.

Instantes en los que recordamos algo que nunca habíamos ignorado completamente. Que estamos aquí. Que no sabemos durante cuánto tiempo. Y que, mientras intentamos comprender qué es realmente el tiempo, nuestro tiempo continúa pasando.

Tal vez la sabiduría no consista en descubrir grandes verdades, sino en olvidar menos aquellas que ya conocemos.

La existencia puede seguir siendo un misterio. El tiempo puede resultar mucho más extraño de lo que imaginamos y la realidad puede escapar para siempre a nuestra comprensión.

Pero mientras estemos aquí existe una certeza que no necesita demostración alguna: este instante está vivo. Y nosotros también.

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